ramon Martinez autor de La cultura de la homofobia

Ramón Martínez: “El único lobby milenario es el del patriarcado”

RAMÓN MARTÍNEZ: “EL ÚNICO LOBBY MILENARIO ES EL DEL PATRIARCADO”

Ramón Martinez es doctor en filología, investigador de literatura homosexual español y activista LGTB. Acaba de presentar su último libro “La cultura de la homofobia y cómo acabar con ella”, que nos ha dado pie a una interesante conversación sobre la percepción de la diversidad sexual a lo largo de la historia.

La primera pregunta es obligada: ¿Qué es la cultura de la homofobia?

El Feminismo, que es la mejor escuela de pensamiento que existe, suele hablar de “la cultura de la violación” para explicar por qué las mujeres se socializan en el miedo a, por ejemplo, atravesar un parque oscuro por la noche, si hay un grupo de jóvenes divirtiéndose en él. En su momento comprendí que los varones no heterosexuales, y por supuesto personas trans y mujeres lesbianas o bisexuales, nos educamos en esos mismos temores: una “cultura de la homofobia” que nos ha inculcado una serie de limitaciones a nuestra libertad, unos miedos irracionales que nos enseñan cómo protegernos de las agresiones, a costa de nuestra misma dignidad. Y como dice Amelia Valcárcel “quien tiene miedo no tiene poder”. Nuestro trabajo debería ser reconocer esos miedos y superarlos, para democratizar ese poder, tan simple como “poder” cruzar un parque sin miedo a ser agredidos, porque no exista la posibilidad de convertirnos en víctimas de una agresión.

¿Homofobia o lgtbfobia?

Quizá sea la pregunta más compleja de todas. Hemos empezado a utilizar “lgtbifobia” para resumir toda una serie de discriminaciones: lesbofobia, gayfobia, transfobia, bifobia y la discriminación hacia personas intersexuales, que aún no tiene palabra propia (¿interfobia?). Pero esa “lgtbifobia” conlleva un problema, y es que mezcla demasiados conceptos, y nos limita nuestra capacidad de análisis por dos motivos. En primer lugar, la categoría de la lesbofobia, por ejemplo, consiste en una complicada amalgama de homofobia y machismo, y si todo se envuelve en esa “lgtbifobia” nos limita el análisis particular de cómo funciona la homofobia de manera aislada. Y, por otra parte, con “lgtbifobia” categorizamos una discriminación compleja dirigida a las personas LGTBI y eso, a su vez, silencia a otras víctimas de la homofobia -y el resto de discriminaciones- que no se consideran LGTBI. Los varones heterosexuales con pluma, por ejemplo, también son susceptibles de ser víctimas de una agresión homófoba, pero no entran dentro de la categoría LGTBI. Por eso quise usar “homofobia”, para analizar un problema concreto que afecta a toda la población.

El libro comienza afirmando que “la heterosexualidad es un problema de gravedad” no podemos evitar la pregunta: ¿Es grave ser heterosexual?

Ser heterosexual debe ser al menos tan maravilloso como no serlo, el problema aparece cuando esa gente pretende que todo el mundo sea exactamente igual que ella. La gravedad de la cuestión heterosexual no es que haya unas prácticas sexuales y afectivas determinadas, sino que pretendan imponerse, asociadas a una serie de dogmas de comportamiento, a un conjunto de población que no tiene por qué comulgar con “los principios fundamentales del régimen de la heterosexualidad”.

Hemos dado por sentado que la sociedad siempre ha sido heterosexual pero en tu libro desmontas esa teoría. ¿Era todo más homosexual antes? ¿Nos hemos vuelto heterosexuales?

Hasta hace poco más de cien años no existían heterosexuales ni homosexuales, porque no existían esas palabras, que crean sus propias realidades. Lo que ha habido siempre, eso es cierto, son formas “correctas” e “incorrectas” de practicar la sexualidad, y no siempre han coincidido con lo que hoy categorizamos como homo y hétero. Un ejemplo es la Grecia clásica, en cuya ortodoxia sexual se incorporaban algunas prácticas que después pasaron a ser consideradas heterodoxas. No es hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando se conforman definitivamente las categorías actuales, y se diferencia claramente lo homosexual de lo heterosexual. Y hoy, en medio de toda esta postmodernidad que nos carcome, las categorías empiezan a desdibujarse, los heterosexuales se comportan culturalmente cada vez más como homosexuales y, al mismo tiempo, las personas homosexuales cada vez nos heterosexualizamos más. Esto puede ser muy bueno o muy malo. Depende de cómo se vayan desarrollando los cambios. Lo que está claro es que nunca es buena idea asumir sin más los dogmas de la dominación, y es necesario cuestionar esos dogmas y acabar con ellos, para crear un nuevo modelo de sociedad sexual.

“Las categorías empiezan a desdibujarse, los heterosexuales se comportan culturalmente cada vez más como homosexuales y, al mismo tiempo, las personas homosexuales cada vez nos heterosexualizamos más”.

¿Por qué la homosexualidad femenina ha sido siempre un tabú?

Simplemente porque toda forma de sexualidad femenina siempre ha sido considerablemente ignorada, más allá de marcar algunas normas básicas a las que debía obedecer la mujer. Se dice que cuando a la reina Victoria le preguntaron si, además de legislar contra la homosexualidad masculina, debían prohibir la sexualidad entre mujeres ella respondió que eso sería absurdo, porque no se puede prohibir algo que no existe. Más que un tabú, que por supuesto, el problema ha residido en que dentro de una concepción genitalista de la sexualidad el placer entre mujeres se convertía en algo imposible, porque no había en medio un pene, que para algunas personas es el centro gravitacional de toda sexualidad. Para demasiadas personas.

Se habla de “ideología de género” pero tú hablas de “ideología de la heterosexualidad” ¿en qué consiste esa ideología?

La patochada de la “ideología de género” se está convirtiendo, por desgracia, en un instrumento demasiado conocido del relativismo en que pretende introducirse el patriarcado para simular que aquí todo el mundo es igual y hay “lobbies” interesados en romper la igualdad. Pues no, oiga, todavía no somos iguales porque hay gente a la que le parten la cara por el simple hecho de ser mujeres, de ser lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, de no ser personas blancas o no haber nacido en el país en el que residen. El único lobby milenario es el del patriarcado, que además de su propia “ideología de género“, que consiste en la negación de cualquier derecho de las mujeres, lleva siglos defendiendo una ideología de la heterosexualidad que obliga a toda la población a comportarse sexualmente de una manera determinada, a dirigir nuestro deseo y afectividad solo a personas de sexo y género distintos al propio, a tener que aceptar los roles de género que nos impusieron cuando vinimos al mundo. Lo apabullante de la cuestión es que las mismas personas que llevan siglos imponiendo al conjunto de la población su ideología heterosexual vengan a quejarse ahora, después de las hogueras, las cárceles y los psiquiátricos a los que nos han arrojado, a decirnos que queremos imponer no sé qué. Si no fuera tan peligrosa esta reacción patriarcal resultaría algo hasta divertido, por lo delirante que es. Pero no es divertido: esa gente pretende perpetuar la dominación fingiendo que es perfectamente aceptable que te partan la cara por ser quien eres.

Mucha gente del colectivo, especialmente los más jóvenes, desconocen incluso qué es Stonewall. ¿Por qué ese desinterés por la historia del propio colectivo?

Yo quiero pensar que no se trata desinterés, sino simplemente de desconocimiento, y de un desconocimiento del que tenemos buena parte de culpa los que ya no somos tan jóvenes. A diferencia de otros grupos discriminados las personas LGTBI llegamos al mundo sin referentes, y hemos de buscarlos. Por un lado la cultura imperante nos los niega, porque la Diversidad Sexual y de Género no figura en los planes de estudio más que como una serie de buenas intenciones; por otra parte los colectivos trabajamos el ámbito cultural y de nuestra memoria de forma insuficiente. No hay que culpar a las nuevas generaciones de su desconocimiento, sino preguntarnos qué estamos haciendo para contrarrestarlo… y estamos haciendo muy poco. Yo confío mucho en la curiosidad intelectual de la juventud, pero alguien tiene que satisfacerla.

Parece que algunos sectores conservadores tras haber perdido la batalla al ver que la sociedad ha aceptado sin problema las familias homoparentales han encontrado un nuevo caballo de batalla en el colectivo trans, especialmente en los menores. ¿Cómo se puede hacer frente a esa “LGTBfobia”?

Lo estamos viendo con el bus de la transfobia de HazteOír, pero no creo que hayan dado por perdida ninguna batalla, y mucho menos la de las familias homoparentales. Simplemente buscan dirigir sus esfuerzos a los eslabones más débiles, que en este momento son los menores trans, y volcar sobre ellos todo su odio. Lo mejor es que la sociedad ya hace frente sola: la respuesta al bus ha sido unánime, incluso por parte del Partido Popular, que nos tiene acostumbrados a sus descalificaciones. La forma más adecuada de hacer frente es precisamente esa: que la condena sea consensuada socialmente, sin un mínimo resquicio para que formas tan burdas de demagogia puedan calar. El bus de la transfobia ha servido para enseñarnos dos cosas: que los derechos de las personas LGTBI son apoyados por una inmensa mayoría, y que quienes aún se empeñan en cuestionarlos son personas de pensamiento extravagante, tanto que roza el ridículo, pero que siguen considerándose capacitadas para difundir su mensaje de odio. Nuestro trabajo debe consistir en seguir avanzando para erradicar esos mensajes, que son los que, en última instancia, sustentan aún la cultura de la homofobia en la que vivimos.

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