“Mi análisis salió bien, pero el suyo dio positivo”

“MI ANÁLISIS SALIÓ BIEN, PERO EL SUYO DIO POSITIVO”

Uno de nuestros seguidores ha querido compartir con nosotros su experiencia a la hora de tener una relación con una persona seropositiva. Esta es la historia de Cresencio y su pareja:

Él se llamaba Crescencio. Bueno, realmente no, pero no os voy a decir el nombre real, que todo lo queréis saber. Además me gustan los nombres arcaicos y ridículos (perdón a todos los Crescencios que me leen). Nos conocimos sin grandes momentos, no fue algo especialmente romántico, ni de Disney, ni tampoco nos importaba. Yo entonces vivía en Madrid otra vez, de donde soy, y él llevaba años viviendo allí aunque fuera de otra provincia. Un día lo vi en Manhunt, una aplicación para encuentros gays (seguramente ya lo conozcáis todos, que sois un poco casquivanos). El caso es que hablamos varias veces y nos caíamos bien pero no terminábamos de quedar para vernos en persona. La cosa quedó ahí hasta que un día salí por el centro con unas amigas de cuando viví en Galicia. Como tenía que coger el búho (los autobuses nocturnos de Madrid) para volver a casa, me fui a Cibeles, de donde salen todos. Y como soy casi tan casquivano como vosotros, conecté el Bender que de aquella aún se llamaba así. No os hagáis los inocentes que todos sabéis que es lo que ahora se llama Wapo y que es otra app de citas gays. El caso es que allí estaba él. La misma foto, una descripción similar y buscando algo para ese mismo momento. Le volví a hablar, me dijo que fuera a su casa y para allí que me fui. Sin entrar en detalles que no vienen al caso, yo estaba muy borracho y los dos estábamos muy cachondos. Pasó lo que era esperable que pasara y me ofreció quedarme a dormir, pero preferí irme a mi casa.

Al día siguiente volvimos a hablar y ya no nos importaba sacar algún tiempo para volver a vernos. Al cabo de unos meses me confesó que tardamos en quedar porque le daba pereza quedar conmigo. Le gustaba, le caía bien, pero le daba pereza. ¿Os imagináis? ¡Con lo encantador que soy! Total, que en principio era sólo sexo, para qué engañarnos: nos gustábamos, nos deseábamos y no necesitábamos mucho más. Pero la cosa se fue haciendo muy habitual y empezaron a surgir otros sentimientos. Empezamos a quedar para ir a algún museo el fin de semana, o a exposiciones, a tomar una copa por la noche, me empezaba a quedar en su casa… Y pasó el tiempo.

Así a lo tonto pasaron tres meses y medio desde aquel primer encuentro. Tuvimos una charla sobre qué éramos. Bueno, más que charla nos fuimos al Tigre (lo sé, imaginadme con un rectángulo negro delante de los ojos) y me preguntó que qué tipo de relación teníamos en mi opinión. Yo le respondí que me daba igual la etiqueta porque siempre he sido un poco imbécil y me creía muy moderna por decir esa sandez. Sandez que me reprochó durante mucho tiempo porque, idiota de mí, no me di cuenta de que quería considerarme su novio y yo nunca había estado a gusto con alguien después de tres meses, así que no quería estropearlo diciéndole que ya había pensado en el nombre de los tres perros y dos gatos que tendríamos en nuestro pisito que compraríamos en Sol. El caso, que me desvío del tema, es que un par de días después me di cuenta de mi error y lo intenté arreglar. Y hablando de qué éramos y de exclusividad y esas cosas, le dije que desde aquel primer día no me había acostado con nadie más. No es que ya allí pensara en un bodorrio por todo lo alto, sino que tampoco he sido nunca muy ligón, en esa época no andaba yo en mi mejor momento y apenas pesaba 60 kg midiendo casi 1’90… El caso es que él me dijo que él tampoco y, por si queríamos hacer alguna otra cosa que conllevara algún riesgo (sin entrar en detalles, ¡que sois muy morbosas!), le propuse hacernos pruebas de ETS. Él dijo que le parecía bien y razonable así que esa misma semana cada uno fue a su médico de cabecera y nos hicimos análisis.

“Por si queríamos hacer alguna otra cosa que conllevara algún riesgo (sin entrar en detalles, ¡que sois muy morbosas!), le propuse hacernos pruebas de ETS”.

Los míos salieron todos bien, pero en el suyo le dijeron que había habido algún problema con la muestra y que había que repetirlo. Ahora no os acojonéis cuando os digan eso porque a veces es verdad: hay ocasiones en las que alguien la caga y hay que repetir sin que sea motivo de alarma. El caso es que Crescencio se quedó algo mosqueado pero tampoco pasó de ahí. Cuando le hicieron el otro análisis y se confirmó vino la sorpresa. Crescencio era (es) seropositivo. DRAMA.

¿Pero esto no era para tranquilizar a la gente? Pues sí y no. Termina de leer, coño, que eres un ansias. Drama porque si te dicen de repente que tienes VIH es un palo. Por mucho que sepas que ya no se muere la gente, por mucho que sepas que sólo lo sabrá quien tú quieras porque los medicamentos por suerte ya no provocan lipodistrofia, por mucha información que tengas… Es un palo enorme. Y no hay forma de suavizarlo. Y tampoco creo que haya que hacerlo. Hay que ser consciente de lo que se tiene y no menospreciarlo ni sobrevalorarlo. Es lo que es.

“Es un palo enorme. Y no hay forma de suavizarlo. Y tampoco creo que haya que hacerlo”.

Crescencio tenía un amigo de hace muchos años, de cuando llegó a Madrid a estudiar la carrera, que tenía (y tiene, que yo sepa sigue vivo y bien) SIDA. Para el que no lo sepa, ser seropositivo es estar infectado con el VIH, pero puedes no haber desarrollado aún la enfermedad y ser sólo portador, o simplemente que aún no ha dado tiempo al virus a desarrollarla. VIH es el virus, SIDA es la enfermedad que puede llegar a provocar ese virus si se le deja campar a sus anchas. A lo que iba, que ya veis que me distraigo con nada, es a que Crescencio sabía perfectamente lo que era el VIH. No le cogía de nuevas, que había compartido piso con su amigo durante unos cuantos años. Y aún así fue un palo enorme.

Fue él el que me dijo que lo dejáramos a los pocos días. Y mentiría si dijera que no se me pasó por la cabeza. Me avergüenza reconocerlo, pero me planteé dejarlo cuando lo descubrimos, cuando esa noche me fui a mi casa y estaba yo solo con mis pensamientos. Pero también es verdad que ese pensamiento duró 10 minutos. Menos, posiblemente. También pensé que si esto me preocupaba a mí cómo le estaría sentando a él. De repente te cambia todo tu mundo. Pasas de tener una vida normal, con una vida sexual sana y plena y de repente todo se derrumba.

“Me avergüenza reconocerlo, pero me planteé dejarlo cuando lo descubrimos”.

Como decía, me propuso que lo dejáramos. Mi contestación fue muy clara: si es porque no me quieres o porque no quieres estar conmigo por algo que he hecho, lo discutimos y si realmente es lo que quieres lo tendré que aceptar. Pero si es porque ahora tienes el bicho (así lo llamábamos) quítatelo de la cabeza. Él tenía miedo de pegármelo, como es lógico. Pero siendo sinceros, habíamos estado más de cuatro meses (nos hicimos los análisis a los tres meses y pico y entre repetir análisis y toda la historia ya pasó más tiempo) follando como conejos, con nuestras precauciones, y no había pasado nada. ¿Por qué iba a ser distinto a partir de ahora? De hecho ahora te lo controlarían mucho más, sería aún más seguro de lo que lo había sido durante estos meses que no lo sabíamos. Lo único que pasaba era que nunca le dejaría correrse en mi boca, por ejemplo, ni haríamos otras prácticas de riesgo. Eso quedaba vetado. Y eso era todo. Algo que hasta ahora no me había importado no hacer y que seguiría sin importarme.

Una persona que está controlada, que tiene una carga viral indetectable (eso quiere decir que tiene tan pocas copias del virus en sangre que, aunque sigue infectado, la cantidad de virus es tan ínfima que los aparatos de medida actuales no son capaces de detectar cuántos hay), que toma precauciones a la hora de tener sexo… ¡No puede haber menos riesgo a la hora de follar!

Fueron unas semanas algo duras. Crescencio estaba bastante triste. Yo intentaba animarlo e intentaba que se diera cuenta de que nada había cambiado respecto a mí. Pero es difícil. Y es un proceso que tampoco se puede acelerar. Es como un duelo. Tiene sus fases y tiene que pasarlas. Y se pasan. Al final eso era sólo una cosa más. Yo no veo por un ojo, soy tuerto. Qué le vamos a hacer. No tengo visión de profundidad y conviene que no intente llenar un vaso a no ser que lo toque o lo echaré todo por fuera. También tengo algo llamado temblor esencial, por suerte no muy severo. Básicamente me tiembla mucho el pulso, lo que es una mierda si quieres llevar dos cafés hasta una mesa pero es muy guay cuando te masturbas. Crescencio tenía algo que nos impedía hacer cosas puntuales que, aunque puedan ser morbosas de vez en cuando, me parecen innecesarias. Nadie es perfecto. Y en aquel entonces Crescencio me parecía el hombre más maravilloso del mundo y el único defecto que tenía era uno sin importancia. Tenía un virus que no me iba a transmitir y que no nos impedía hacer absolutamente nada.

Y al final resultó que su mundo no había cambiado tanto. Y el mío mucho menos. Y que nuestra vida sexual seguía siendo tan sana y plena como podría ser la de cualquiera. Aquello no funcionó al final, pero no por nada relativo al bicho. Rompimos porque la cosa se deterioró, parte por mi culpa y parte por la suya. Cosas que pasan. Pero si lo hubiera cortado cuando apenas había empezado habría sido uno de los mayores errores de mi vida. Crecí mucho junto a Crescencio, me ayudó mucho en otros problemas personales que tenía yo en ese momento y siempre le tendré un cariño especial por haber sido el primer amor (y me refiero a amor de verdad) correspondido que tuve. Siempre le querré, aunque desde unos meses después de que me dejara, le quiero mucho pero le quiero lejos.

Archivado en: testimonios, vih

Imagen: Pixabay

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