Contra el estigma del VIH

La serofobia: un desafío social

LA SEROFOBIA: UN DESAFÍO SOCIAL

La serofobia, discriminación hacia las personas con el VIH. La serofobia anida cuando nuestros afectos, deseos o comportamientos se tornan diferentes una vez que conocemos el estatus serológico de una persona. Es, también, pensar que el VIH no puede afectarnos porque siempre les pasa “a los otros”.  La serofobia entrelaza sexualidad, prejuicios y una dañina moralidad.

Podemos decir que el VIH es el mayor fracaso social del mayor éxito sanitario: gracias a los avances en lo farmacológico, en casos de diagnóstico precoz las enfermedades oportunistas relacionadas con el sida no aparecen, si bien el estigma sigue tejiendo sus efectos. Según un estudio de SEISIDA del 2011, Creencias y Actitudes de la población española hacia las personas con VIH, el 18,1% de la población cree que los nombres de las personas infectadas por el VIH deberían hacerse públicos para que la gente que quisiera pudiera evitarlos. Uno de cada tres españoles se sentiría incómodo con un compañero de trabajo con VIH. El 20% de la población opina que la Ley debería obligar a que, en ciertos lugares, las personas con el VIH estuvieran separadas para proteger la salud pública. El 44,5% de la población se sentiría incómodo si un empleado de la tienda donde compra habitualmente tuviera el VIH. Sólo un 6% mantendría conscientemente una relación sexual con una persona VIH+.

“El VIH es el mayor fracaso social del mayor éxito sanitario”.

Percepciones y actitudes como las citadas complican la vida de las personas con VIH.  Se les prohíbe la entrada en muchos países. Y tener un permiso de residencia se hace complicado o imposible en la mayoría de los países. La administración pública les niega determinados servicios, como la adopción o reproducción asistida. Para la atención sanitaria especializada u operaciones en quirófano, se les relega de manera no oficial a última hora, aunque se les haya citado a primera y lleven horas esperando. Varios ayuntamientos no permiten que una persona con VIH sea taxista. Son vedadas en empleos relacionados con seguridad privada. No pueden opositar para agentes y fuerzas de seguridad del Estado. Se sufre discriminación en profesiones relacionadas con lo sanitario, el deporte u hostelería y alimentación, llegando al despido. No les conceden hipotecas porque no pueden tener acceso a seguros de vida.

“Sólo un 6% mantendría conscientemente una relación sexual con una persona VIH+”.

La serofobia es la presión para que la persona con el VIH siempre tenga que decir su estatus serológico antes de tener sexo, para que la persona que se piensa como seronegativa decida si quiere estar o no con alguien con el VIH (y, la verdad, generalmente se decide no relacionarse afectiva o sexualmente con alguien con VIH “porque ocurren accidentes”).

Lo que escucha una persona con VIH cuando dice a una pareja sexual o afectiva su estatus serológico: “Me has engañado. No me lo dijiste al principio. Ya no puedo confiar en ti”. “No quiero verte más;  no porque tengas VIH sino porque confiaba en ti y me estabas engañando”. También: “Por si acaso hay un accidente, no tengo sexo contigo”. “Por si acaso…”.  Aun cuando se hayan tenido prácticas protegidas, eso lo escuchan una y otras vez las personas con VIH que deciden ser visibles. Y, además, se les quiere negar que puedan percibir este ejercicio como maltrato. “No, no te discrimino; es por mi seguridad”. ¿De verdad?…

Nos olvidamos que el sexo seguro es, efectivamente, seguro. Y más con los beneficios de los nuevos tratamientos antirretrovirales o con recursos accesibles como la profilaxis postexposición. Y también de que a la persona con el VIH se le exige que se asegure de garantizar un nivel de riesgo totalmente cero cuando mantiene relaciones sexuales, pero sin embargo este nivel de riesgo cero no se exige en ninguna otra actividad de la vida. No decimos: “Por si acaso tenemos un accidente con el coche, yo me voy en tren”.

El estigma sigue vigente porque cumple con una función social: la de hacer sentir seguridad a buena parte de la población. La estrategia es esta: si presionamos a las personas VIH+ para que se sientan culpables y portadoras de muerte, no tendrán sexo. Por tanto, siempre que yo tenga sexo desprotegido puedo estar tranquilo porque la persona con la que esté no tendrá el VIH. ¡Cómo se lo ocurriría a una persona con sida tener sexo conmigo! ¡Y sin avisarme!

La serofobia, asunto de salud pública,  aumenta la vulnerabilidad de todos, tengamos o no VIH. Atribuimos el VIH a personas de determinados perfiles, y si nosotros no cumplimos con el guión, pensamos que estamos fuera de riesgo. “Mi vida no es como la de ésos y por tanto no corro peligro”. Serofobia es pensar que tú no tendrás nunca el VIH, aun con prácticas desprotegidas.

Nuestros prejuicios sobre cómo son las personas VH+ nos hacen creer que éstas han llevado o llevan vidas discutibles o extrañas. No puede tener VIH quién es identificado como un igual. Por eso si empezamos a vernos con alguien que nos gusta, la cuestión de que pueda tener VIH no se contempla. El foco de riesgo lo ponemos entonces en las personas cuando deberíamos ponerlo en las prácticas. Y eso nos lleva a tener riesgo con aquellas personas a las que identificamos como “de confianza”, pese a que esta identificación esté basada en fundamentación irreal o poco sólida.

“No es casual que una de cada tres personas con VIH tenga diagnóstico de depresión”.

La serofobia también incrementa la vulnerabilidad para la salud de las personas con VIH. Muchas personas tras su diagnóstico VIH+ incrementan o inician un consumo dependiente de drogas a la hora de tener sexo, como recurso para reducir el estrés percibido. No es casual tampoco que una de cada tres personas con VIH tenga diagnóstico de depresión. A veces las personas con VIH abandonan el tratamiento por apatía ante su salud o por temor a que descubran la infección. El estigma se puede interiorizar, y pensar entonces que el maltrato o soledad son merecidos, o que sólo se pueden tener parejas del mismo estatus serólogico.

Se nos dice que lo farmacológico ha logrado domesticar el VIH/Sida. Pero el VIH/Sida no es sólo un problema de salud sino también un desafío social, porque el Virus de Inmunodeficiencia Humana depende para existir del Virus de Inmunodeficiencia Social. Son virus, y bien podemos prevenirlos si decidimos implicarnos en una sociedad que valore la importancia de la diversidad.

Archivado en: serofobia, vih

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